Paseo en silencio, solitario, por el centro de Madrid.
Un cuarteto de cuerda interpreta a Vivaldi en la calle Toledo, la multitud se agrupa curiosa, en silencio, a su alrededor, bajo un cielo plomizo donde se adivinan tímidos rayos de sol.
El bazar árabe, un poco más abajo, me inunda con su mezcla de fragancias, mirra, sándalo e inciensos variados, se mezclan con el olor dulzón del cuero del calzado.
La Plaza de Anton Martin está casi desierta, dos barrenderos se esmeran en raspar de la acera las hojas de publicidad empapadas por el chaparrón de la mañana.
Bajando por la calle Lavapies, un mundo nuevo de sensaciones me inunda y me embriaga, el olor del falafel se mezcla con el de la carne del kebab de cordero, y el curri de los restaurantes indios, en un locutorio nigeriano los dueños charlan en la calle entre risas, y un videoclub ofrece DVD de cine de Bolliwood y productos de alimentación.
El cielo sigue plomizo, con la humedad reciente de la lluvia caida, polarizando la luz y reavivando los colores.
Argumosa, como siempre, en su microcosmos, en las terrazas improvisadas se agolpan y conviven en armonia rastafaris, pijipis, arabes, y europeos desorientados que miran a su alrededor con curiosidad.
Me paso por La Libre y compro unos libros para documentarme sobre accion social y no violencia, y termino por comer un plato abigarrado de tiras de cordero, falafel, arroz y ensalada en plena calle Atocha.
El mundo se mueve a mi alrededor, y yo, maravillado, lo contemplo delante de un capuccino italiano. Sólo, eso si
Madrid muchas veces me parece una ciudad multicultural, como suelen ser todos los sítios que me atraen. A veces, me parece el opuesto. Quizas la inconstáncia sea lo que me enseña a valorar los momentos de diversidad.
Publicado por: Awen | 18/07/2007 en 12:15